UNA CELEBRACIÓN EN TIEMPOS DE PRUEBA
Pero este año, señoras y señores, no podemos celebrar como si nada hubiese ocurrido. Sería faltar a la verdad —y un juez jamás debe faltar a la verdad— pretender que esta ceremonia se desarrolla en tiempos ordinarios. Nuestra Corte Superior de Justicia de Apurímac atraviesa la hora más difícil de su historia reciente. Todos conocemos los hechos: la investigación fiscal sobre la presunta organización delictiva a la que se ha denominado "Las Corbatas Negras", que habría operado desde el interior mismo de nuestra institución, ha conmocionado a la judicatura nacional y ha golpeado, con especial dureza, el corazón y el alma de esta Corte, alcanzando incluso a quien ejercía su más alta representación.
No me corresponde a mí, ni a nadie en este recinto, adelantar juicio alguno. La presunción de inocencia es una garantía que los jueces defendemos para todos, sin excepción, y los procesos en curso deberán resolverse con la misma imparcialidad y rigor que exigimos en cada expediente que despachamos. Pero sí me corresponde —nos corresponde a todos— extraer de esta dolorosa coyuntura una lección que no podemos eludir: la justicia no se corrompe desde afuera si primero no se ha rendido por dentro. Cuando la presión indebida, el direccionamiento de expedientes, los cobros irregulares o las represalias contra los jueces probos anidan en una Corte, no solo se lesiona una institución: se traiciona la esperanza de los niños, de las madres gestantes, de las mujeres maltratadas, de los ancianos y de todas las personas vulnerables que acuden al órgano jurisdiccional confiando en encontrar eco a sus reclamos.
Por eso, este 4 de agosto no es una fecha para la autocomplacencia, sino para la reafirmación. Que quede claro ante Apurímac y ante el Perú entero: los hechos que se investigan no representan a los jueces y juezas de esta Corte. Aquí hay magistrados que madrugan, que estudian, que resuelven con la ley en la mano y la conciencia tranquila; auxiliares jurisdiccionales y personal administrativo que sostienen el despacho diario con honradez y sacrificio. A ellos, que son la inmensa mayoría, les digo: no permitamos que la conducta de unos pocos, si se acredita, manche el honor de todos. Hoy más que nunca, la investidura debe llevarse limpia y la medalla debe ser símbolo de dignidad y no de sospecha.
LAS HERRAMIENTAS DEL JUEZ
El artículo 138 de nuestra Constitución prescribe que la potestad de administrar justicia emana del pueblo y se ejerce por el Poder Judicial a través de sus órganos jerárquicos, con arreglo a la Constitución y a las leyes. Esa potestad delegada por el pueblo solo se honra con tres herramientas que la coyuntura actual vuelve más urgente que nunca: la integridad, la preparación y el respeto a la investidura.
La INTEGRIDAD es fundamental para el ejercicio de la función; de ella se derivan la probidad, la honestidad y la transparencia en el actuar. La integridad es el escudo que nos protege de los embates del litigante malicioso, de las presiones del político, del chantaje del criminal y —la experiencia reciente nos lo ha recordado con crudeza— también de las presiones que puedan venir desde dentro de la propia institución. El juez íntegro no negocia sus resoluciones, no acepta directivas ajenas al derecho y no guarda silencio ante la arbitrariedad, venga de donde venga. Gran parte de nuestra integridad nació y se formó en nuestros hogares; los valores inculcados en la niñez se reflejan en cada acto de nuestra vida. La integridad, además de escudo, es ejemplo: las nuevas generaciones de abogados y servidores nos observan atentamente y nos toman como referentes de su actuación profesional. Que encuentren en nosotros motivos de emulación y no de decepción.
La PREPARACIÓN ACADÉMICA Y PERSONAL es la herramienta que da voz a nuestras resoluciones. La integridad sola no basta si se resuelve de manera equivocada, afectando el derecho de las personas. El juez no solo tiene la obligación de saber, sino también la de enseñar; el juez íntegro y preparado no teme plasmar sus ideas oralmente o por escrito, porque sabe que quedará vinculado a sus posiciones doctrinarias. ¿Qué mejor garantía para la predictibilidad de las resoluciones judiciales que la población conozca la posición clara y fundada de un juez sobre determinada materia? A la preparación se suma la sabiduría, que se desarrolla a través de la experiencia y de la reflexión, y que en la práctica se asocia con la prudencia: un juez sabio es un juez prudente. Si somos mejores personas, seremos mejores jueces.
El RESPETO A LA INVESTIDURA merece defensa irrestricta, pero seamos honestos: la investidura se defiende, primero, honrándola. El respeto que exigimos a los litigantes, a la prensa y a la ciudadanía solo es legítimo cuando quien ejerce el cargo lo dignifica con su conducta.
Debemos rechazar con firmeza al letrado desleal que, sin evidencia alguna, imputa parcialidad al juez; pero con la misma firmeza debemos ser los primeros en denunciar y apartar a quien, desde dentro, use el cargo para fines ajenos a la justicia. El respeto a la investidura es también una relación de ida y vuelta al interior de la institución: el trato digno entre magistrados, personal jurisdiccional y administrativo no admite excepciones, en el entendido de que la jerarquía responde a una cuestión estrictamente funcional. Y pasa, finalmente, por condiciones de trabajo dignas y por no olvidar que los jueces somos seres humanos, con familias que nos esperan; el excesivo trabajo deshumaniza, y al deshumanizarnos dejamos de cumplir el rol que la sociedad espera de nosotros.
La integridad, la preparación, la sabiduría y la prudencia se funden en un crisol para conformar el liderazgo. El juez debe ser líder en su despacho, ante sus colaboradores y ante su comunidad; sabe cuándo guiar y cuándo escuchar; sabe obedecer a sus superiores, pero tiene la obligación de expresar y mantener su posición ante cualquier viso de arbitrariedad. Si algo nos enseña la coyuntura que vivimos, es que el silencio cómplice nunca es neutral.
HOMENAJE AL SEÑOR DOCTOR CÉSAR SAN MARTÍN CASTRO
Y precisamente porque los tiempos difíciles exigen referentes, esta Corte ha querido que el homenaje de este Día del Juez recaiga en un magistrado cuya trayectoria es, ella sola, una respuesta a la crisis: el señor doctor CÉSAR SAN MARTÍN CASTRO, juez supremo titular y decano de la Corte Suprema de Justicia de la República, quien el 29 de diciembre de 2025 cesó en el cargo por límite de edad, tras treinta y siete años de ejercicio en la magistratura, ha sido justamente consagrado como el “Juez del Bicentenario”.
Para entender la dimensión de su legado, es necesario volver la mirada a sus orígenes, a la cuna donde se moldearon sus principios. César Eugenio San Martín Castro nació en la ciudad de Lima el 30 de diciembre de 1955. Creció cobijado por un hogar donde el respeto, el amor por el estudio y la rectitud moral eran la ley cotidiana. Bajo la guía de sus padres, de quienes heredó una disciplina inquebrantable y ese profundo respeto por la palabra empeñada, aprendió desde muy pequeño que el honor no se negocia. Fue su madre quien, con una autoridad firme y amorosa, impregnó en su espíritu la templanza que años más tarde exhibiría ante las tormentas políticas más feroces del país.
Aunque limeño de nacimiento, su carácter indómito, su temple y su personalidad firme se forjaron en las calles históricas del Callao. Fue en el primer puerto de la república donde consolidó su espíritu de lucha. Sus primeras letras y su formación escolar transcurrieron en las aulas del emblemático Colegio San José de los Hermanos Maristas del Callao. Allí, bajo la pedagogía marista, asimiló la rigurosidad del deber, la mística del trabajo y una profunda sensibilidad humana.
Posteriormente, con la vocación ya despierta, ingresó a la cuatricentenaria Universidad Nacional Mayor de San Marcos. En las aulas de la Decana de América, San Martín no solo fue un estudiante brillante, sino que tuvo el privilegio de formarse al lado de colosos del derecho penal como los doctores José Hurtado Pozo y Domingo García Rada, de quienes absorbió el rigor dogmático y el compromiso con las garantías ciudadanas. Fue también en esas aulas universitarias donde conoció a quien se convertiría en su esposa, compañera de vida y el soporte emocional incondicional a lo largo de toda su azarosa carrera judicial.
El Dr. San Martín ingresó al Poder Judicial desde el peldaño más humilde: como "meritorio" en la Corte del Callao en 1976, una labor ad honorem reservada para los estudiantes de derecho apasionados por la judicatura. Escaló peldaño a peldaño de forma meritocrática: Relator, Juez Instructor, y Vocal de la Corte Superior de Lima en 1989. En 1992, por defender su postura como un auténtico juez garantista y resistir los embates del quiebre constitucional de aquel año, así como las amenazas del terrorismo, se vio obligado a dejar temporalmente la judicatura y el país. Sin embargo, la justicia siempre vuelve a su cauce, y en el año 2004 retornó con la frente en alto como Vocal Titular de la Corte Suprema de Justicia de la República.
El país entero fue testigo de su entereza moral cuando, en el año 2007, presidió la Sala Penal Especial que juzgó y sentenció de manera impecable a un expresidente de la República, un proceso histórico que se convirtió en un referente mundial de debido proceso y jurisprudencia penal. Luego, entre 2011 y 2012, lideró nuestra institución como Presidente del Poder Judicial, impulsando una visión moderna, académica y profundamente independiente de la administración de justicia.
El Dr. San Martín nos ha dejado un legado imperecedero de valentía, rigurosidad académica y una entereza moral inquebrantable. Él nos enseñó con el ejemplo de su vida que la "justicia valiente es el pilar fundamental de la democracia", resistiendo con aplomo e integridad los embates y las narrativas de odio de quienes pretenden deslegitimar la labor jurisdiccional. Su trayectoria de 37 años de servicio es el faro que debe guiarnos para limpiar nuestro propio templo institucional. Su ejemplo nos demuestra que la dignidad de la magistratura peruana se defiende con resoluciones impecables, con decencia cotidiana y con un compromiso absoluto con la legalidad.
En su despedida, el doctor San Martín dejó a la judicatura un encargo que hoy, en esta Corte y en esta hora, resuena con particular fuerza: mantenernos unidos y fortalecernos sobre la base del imperio de la ley, de la Constitución y del derecho internacional. Ese es el mejor antídoto contra toda "corbata negra" que pretenda anudarse al cuello de la justicia: jueces unidos, íntegros y preparados, que no deben su cargo a padrinos sino a sus méritos, y que no temen resolver conforme a derecho, aunque ello incomode al poderoso.
PALABRAS FINALES
Señores jueces y juezas: no se guíen por lo que les dicen, por lo que les parece o por lo que suponen; lean para conocer, estudien para aprender, analicen y evalúen para decidir, sin olvidar que debemos trabajar y producir para servir. Asumamos el compromiso de mantenernos íntegros como el primer día que ingresamos a la carrera judicial, y preparados como si fuese el último. La ciudadanía de Apurímac nos observa hoy con ojos exigentes, y tiene derecho a hacerlo; respondámosle no con discursos, sino con resoluciones justas, oportunas y transparentes. Que la reconstrucción de la confianza en esta Corte comience hoy, en este recinto, con cada uno de nosotros.
Asimismo, expreso mi más profundo saludo y sincero reconocimiento a los Jueces de Paz de nuestra región, quienes con admirable vocación desempeñan su labor en los rincones más alejados y vulnerables. Su presencia constante no solo sostiene el principio de legalidad donde el acceso es difícil, sino que representa el primer y más humano rostro de la justicia para nuestras comunidades, consolidándose como un pilar fundamental en la construcción de la paz social.
No obstante ser un día que resalta la figura del juez, qué injusto sería no saludar a los auxiliares judiciales y personal administrativos —y de modo especial a quienes, con valentía, denunciaron irregularidades cuando callar era lo más cómodo—, con quienes compartimos día a día el trabajo judicial. A ellos también mi saludo y mi reconocimiento.
Finalmente, invoco a mis colegas a agradecer a esta cálida tierra apurimeña, que nos ha recibido con fraternal regocijo a todos los que venimos de distintas partes del Perú, y a pedir a Dios claridad, paciencia y perseverancia para seguir cumpliendo nuestra tarea con imparcialidad.
No quedándome más, les deseo, señores jueces y juezas, un feliz Día del Juez.
Muchas gracias.

